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Hoy es un gran día. La tarea cotidiana
de apagar mi ordenador me ha abierto las puertas de
una aventura insospechada. Al ir a apagar mi PC, esa
caja gris que preside las vidas de media humanidad y
hasta ahora sólo útil para quehaceres
académicos, administrativos y de ocio, me sorprendo
cuando le veo inquiriéndome acerca de temas políticos
a través de su pantalla. No sabía de estas
inquietudes suyas. Yo que sólo quería
apagarlo y marcharme, y me encuentro en una encrucijada
que tiene todos los visos de poder cambiar el mundo.
Como si tal cosa, como aquel que habla del frío
o el calor, me pregunta si deseo apagar el sistema...
!!apagar el sistema!! Al principio me cuesta creer lo
que estoy viendo, pero por más que me froto los
ojos la pregunta sigue ante mí, desafiante, esperando
mi aprobación o mi negativa. Siempre había
soñado con poder hacer algo así, apagar
este modelo neocapitalista de organización planetaria
y construir uno nuevo a la luz de la justicia y la libertad,
encendiendo de nuevo la ilusión en las tristes
vidas de las personas. Había soñado con
vivir para ver el momento en que esto cambiaría,
en que apretaríamos el botón rojo que
pararía la maquinaria del capital y empezaríamos
de nuevo con renovados bríos, aunque nunca pensé
que se me fuera a presentar la ocasión de manera
tan sencilla.
Intento reponerme del sobresalto y, claro,
le digo que sí, no sin antes abrir los ojos hasta
el alucine y tragar saliva con todas mis fuerzas. Creo
que he hecho bien. Además de que la idea de apagar
este sistema me seduce sobremanera, hay que tener en
cuenta que el resto de opciones que me ofrece mi ordenador
no son en absoluto más alentadoras que la primera.
En vez de apagarlo puedo suspender, lo cual no me hace
demasiada gracia en vista de cómo está
la educación hoy en día. También
me da la posibilidad de reiniciar, pero después
de meditarlo durante unos segundos decido que ahora
ya es demasiado tarde, que la bola ya ha crecido demasiado
y no creo que se pueda deshacer la madeja y volver a
empezar como si nada. La explotación del hombre
por el hombre, la dedicación de nuestras vidas
a las dos únicas actividades de producir y consumir,
la dictadura del dinero, que pasa por encima de todas
las cosas e incluso de todas las personas como una apisonadora,
las tremendas desigualdades entre Norte y Sur, que son
ya dos mundos del todo irreconciliables,... no, ya no
hay retroceso posible, así que no quiero reiniciar
el sistema. Y mucho menos reiniciarlo "en modo MS-DOS",
que es la cuarta de las opciones que me ofrece mi ordenador,
ya que al tal MS no lo conozco y de todos es sabido
que segundas partes nunca fueron buenas. Así
que, visto lo visto, cierro los ojos, aspiro profundamente
y pulso la tecla que nos ha de guiar hacia un mañana
mejor. Apagar el sistema. Por fin.
Bien, ya he dado el paso. Por lo pronto,
el ordenador se ha apagado y la pantalla ha quedado
completamente en negro. No me extraña que se
asuste, cualquiera en su situación se borraría
del mapa si pudiera. Pero hay que ser valiente. Un momento
como este necesita de toda mi lucidez así que
hay que seguir adelante y afrontar las responsabilidades
de mi acción. Salgo de mi habitación con
más miedo que alegría, en un intento por
comprobar si realmente ha funcionado mi orden. Pero
descubro con tristeza que todo sigue asquerosamente
en su sitio. No acierto a comprender qué es lo
que ha pasado, por qué todo parece tan normal
como de costumbre. Pienso que tal vez sólo sea
así en apariencia y me pongo a examinar a fondo
mi entorno en busca de algún indicio de la gran
transformación.
Para empezar, que la televisión
siga en su lugar no es una buena señal. La observo
y veo que siguen ahí los mismos personajes sonrientes
que venden felicidad y despreocupación desde
sus poltronas, los mismos seres de cartón piedra
contando las mismas mentiras, las mismas imágenes
que en otro momento me hicieron vomitar la comida de
rabia por no poder compartir mi opulencia con los que
se me mostraban al otro lado del vidrio. En la cocina,
me encuentro un montón de cajas y paquetes casi
idénticos entre sí, colocados en armarios
también idénticos y llenos de alimentos
que antes de llegar a mí han pasado por maquinaria
diversa y manos que han ido cobrando y estafándose
unas a otras de forma sucesiva. No entiendo nada. Encima
del piso en el que vivo se levantan varios más,
todos iguales, y la espesura de edificios sigue aún
más allá. Kilómetros de piedra
y grises. Se me ocurre mirar mis zapatos y en ellos
me encuentro una etiqueta que reza "made in Corea" y
que me recuerda que muy posiblemente algún menor
de edad ha estado trabajando de sol a sol a cambio de
una miseria que le hunda aún más en su
propia miseria para poderlos fabricar. Pero lo peor
de todo es cuando salgo a la calle. La jungla de asfalto.
Gente que pasa a mi lado sin mirarme a los ojos, sin
hablar, sin pensar. Gente que vive sin vivir. Que pasa
de largo. Que no tiene tiempo. Autómatas que
siguen la línea marcada en el suelo y apenas
levantan la vista de ese camino. Seres anónimos
que viven a mi lado pero que jamás me conocerán
ni compartirán un momento conmigo, seres que
viven siendo devorados por el monstruo. Almas que vagan
por un mundo que no pueden comprender del todo. Veo
una vorágine de cosas y situaciones tan vacías
de sentido y tan contaminadas por la lógica económica
e industrial que no me siento con fuerzas para seguir
mirando. Veo una realidad tan poco real que me mareo
y caigo al suelo. Pero nadie se parará a auxiliarme.
Ahora sí que no entiendo nada. Yo creía
haber apagado el sistema pero es más que obvio
que sus motores siguen en marcha. Y la realidad se plasma
ante mis ojos como una bofetada.
Mi ordenador me ha engañado. Ahora
tengo claro que se ha burlado de mis sueños,
que se ha reído de mis aspiraciones de alcanzar
otra vida, otro mundo. Ese ataque de clarividencia que
tanto me extrañaba en él no era más
que una trampa ruin salida de sus entrañas de
metal. ¡Cuanta ingenuidad la mía! Seguro
que él también forma parte del juego y
ha querido regodearse en mi debilidad. Y me duele, porque
mi sola intención es débil. Pero la de
todos unidos ha de cobrar una fuerza tal que haga temblar
los cimientos de la tierra. Que espere y verá
como no estamos solos. Que espere. Cualquier noche saldrá
el sol.
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