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Uno de mis gags favoritos de Faemino y Cansado termina con la frase “y luego se lo cuentas a la gente y dicen ‘eso es todo mentira, están haciendo teatro, es todo mentira’”. Pues eso. Al día siguiente del ansiado primer cara a cara Zapatero-Rajoy se vertieron ríos de tinta al respecto y se diseccionaron las intervenciones de los dos candidatos desde todos los puntos de vista y en todos los grandes y pequeños foros de discusión. Se dijo que fue duro y vibrante, que ambos se mantuvieron firmes. Pero ¿nadie va a hablar del bochorno que supone comprobar que en este país-nación-loquesea tenemos una clase política indigna de ese nombre? La que nos merecemos, probablemente, pero no por eso deja de avergonzarme. Y no hablo desde la abulia por la política sino desde la decepción que hace ya mucho tiempo ésta me produjo. Hay algunas cosas que después de rotas son ya muy difíciles de recomponer, y una de ellas es la ilusión. No dejo de interesarme por la política (del griego polis, ciudad, politikós, ciudadano) pero ella se empeña en revelarme una y otra vez que no es más que un circo inútil que ni sirve ni entretiene.
España llevaba 14 años sin alumbrar un enfrentamiento dialéctico entre los dos principales candidatos en campaña, así que la noche del 25 de febrero la expectación era máxima. Manuel Campo Vidal, el moderador, se esforzaba en tildar de “interesante” un debate que no fue tal, ni interesante ni debate, porque no hubo apenas interacción entre los ponentes, ninguno de ellos respondía a las preguntas que el otro formulaba y cada uno seguía su camino paralelo al de su oponente, sin apenas cruzarse. Desde el sofá de mi casa, además de bostezar, tuve la desalentadora sensación de que estaba asistiendo a dos mítines electorales a la vez, interrumpido cada uno de ellos por unos minutos para retomarse a continuación como si tal cosa. “Yo sigo hablando sobre el cambio climático…”, “Está claro que usted no quiere hablar de inmigración”… Y así durante 90 minutos, hasta que ZP se despidió de nosotros parafraseando a Edward Murrow con un célebre “buenas noches y buena suerte”. Qué valor.
Lo más llamativo de este cara a cara es la manipulabilidad de las cifras, de las estadísticas. Sólo tengo claro que 5 de cada 10 son la mitad, y hasta esa certeza temblaría en manos de Zapatero y de Rajoy. ¿Cómo es posible que cada uno de ellos tuviera datos, oficiales y fiables y a veces incluso procedentes de la misma fuente oficial y fiable, que se contradecían radicalmente? Zapatero dice que ha reducido el paro hasta mínimos históricos pero Rajoy apunta que la tasa de desempleo ha crecido escandalosamente en los últimos meses. El actual presidente asegura que ahora hay más becas que cuando Rajoy era el ministro en funciones mientras que el candidato popular arguye que su mandato fue la época dorada para los becarios españoles. Y a los espectadores, que no sabemos quién tiene razón, sólo nos queda claro que los números y los gráficos dependen mucho del color del cristal con que se miren. Y digo yo, si la estadística es una ciencia exacta, una supuesta demostración de la realidad, si la realidad está ahí fuera, ¿por qué no podemos saber quién miente (más)?
El pseudodebate se convirtió, pues, en una sucesión de “tú más” y “pues yo mejor”, en una prolongación de la campaña electoral que vemos a todas horas en los medios y que nos harta como un caramelo empalagoso. Fue una sucesión de reproches, un soporífero cruce de acusaciones que además, por momentos, resultaba demasiado contenido y demasiado solemne, un caramelo excesivamente envuelto en ceremonia y protocolo. Y, lo que es más, fue un volver sobre lo mismo una y otra vez. ¿Nadie más tuvo una sensación de déjà-vu? ¿La impresión de que esta peli ya la has visto antes? Tanto es así que se echaron de menos propuestas concretas para el futuro, razones para pedirnos el voto, eso que precisamente es lo que ahora está en juego, la única cosa importante para los dos oradores en aquella noche de lunes, los mismos a los que no les preocuparemos ni un comino durante los siguientes 3 años y 10 meses.
No voy a dar un veredicto final sobre quién ganó y quién ganó menos (porque aquí nunca pierde nadie, ya se sabe). Sólo perdimos nosotros, los ciudadanos, los politikós, que seguimos sin conocer a las personas que se postulan como posibles nuevos comandantes del barco en el que viajamos hacia no se sabe muy bien dónde. A mí me han convencido, desde luego. Entre los dos me han convencido para quedarme en casa el 9 de marzo.
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