Número 20  //  Febrero 2005
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Boletín de noticias destinado a
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Réquiem por un barrio

El Carmel dormita, derramando lágrimas de escombros en una pesadilla que dura ya demasiadas noches. Nadie se hace responsable de su dolor, y los vecinos de este barrio barcelonés sufren las consecuencias de la despreocupación de tantos y tan variados estamentos técnicos y políticos, todos ellos más preocupados por la imagen pública de sus propias palabras que por el drama real de los afectados.

Situado en lo alto de un monte, al norte de la ciudad de Barcelona, el Carmel vivió siempre resignado a carecer de transporte subterráneo por las dificultades que presenta su orografía. Sin embargo, hace algún tiempo empezaron las obras para unir el barrio de Vall d’Hebron con el de Horta, pasando por el hoy maltrecho corazón del Carmel. La noticia sorprendió a todos, que sin ser arquitectos podíamos fácilmente sospechar que aquello presagiaba alguna nueva gran chapuza de nuestras autoridades. Y así ha sido. Hace pocas semanas, un socavón de las obras del metro provocaba el derrumbe de un edificio y ponía en peligro a varios inmuebles más de la zona, empezando así el calvario que aún hoy ahoga a muchos de los vecinos del barrio.

El Carmel ha quedado sumido en un profundo silencio, lo más llamativo de la ya conocida como “zona cero”. La vida de este barrio humilde, de clase trabajadora, se ha visto partida por la mitad y hoy nada es igual en sus calles, sus comercios y los semblantes de sus vecinos. Pero ellos están en lucha. Los vecinos del Carmel se rebelan contra el silencio de sus calles, han decidido unirse para que no se les olvide cuando se apaguen los focos de la televisión. Y quieren un responsable. Quieren que alguien asuma el error que a punto ha estado de matar el barrio.

Hay cientos de personas que se han visto en la obligación de abandonar sus casas, sin saber cuándo van a poder regresar, sin ninguna garantía de lo que va a pasar y sin ni siquiera poder llevar consigo sus pertenencias. No son sólo objetos sino sobre todo recuerdos lo que ha quedado atrapado entre las paredes que forman el Carmel, a la espera de que sus dueños vuelvan para recuperarlos. Peor suerte han tenido los habitantes del edificio que sufrió el derrumbe, hoy reducido a escombros en los que se pierden momentos y recuerdos de tantos años vividos entre paredes ahora deshechas. Muchos de los afectados por el desastre aún no han podido volver y el barrio sigue en silencio.

Mientras tanto, la larga retahíla de políticos y técnicos de diverso tipo que participaron en el proyecto del metro, sonrientes en el momento de posar firmando el gran proyecto y hoy prófugos de nuestras miradas, evitan toda responsabilidad. Sienten el desastre pero no asumen lo ocurrido. Todos acuden a dar palmadas en la espalda de algún vecino del Carmel pero nadie acaba de dilucidar lo ocurrido. Todos se muestran solidarios con un barrio que a buen seguro apenas conocían, prometen ayudas para un territorio que probablemente sus zapatos de diseño nunca antes habían pisado y sobre el que sus conciencias sesgadas nunca se habían preocupado, pero no alcanzan a entender la impotencia de que toda tu vida se haga pedazos en cuestión de pocos minutos por la incompetencia de personas que llevan largos años ejerciéndola. Las mismas personas que después de firmar tu desastre quieren acercarse a ti para secar tus lágrimas y calmar tu rabia.

La última noticia que hemos conocido sobre el desastre del Carmel es el nuevo ofrecimiento de las autoridades: 6000 euros en concepto de daños morales para quienes vuelvan a sus casas de inmediato, aun sin disponer de explicaciones claras acerca de lo ocurrido ni garantías sobre lo que puede pasar en el futuro. Dinero para olvidar. Dinero para callar y engordar el silencio de las calles del barrio.

Que no pare la lucha en el Carmel. Sus casas podrían haber sido la de cualquiera de nosotros. No cabe duda de que su dignidad es también la nuestra.

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