Los políticos: Un mal endémico
Ocho años en el poder han sido suficientes
para que se hayan podido observar las verdaderas intenciones
del Partido Popular. El cansino discurso de partido
de centro se fue desvaneciendo para dar paso al ala
más dura de la derecha española campando a sus anchas.
Desenmascarada por su propio empacho de poder.
Los herederos del aparato político franquista
requirieron de un largo proceso de reciclaje para ganarse
la “credibilidad” de los ciudadanos. Arropados por toda
la prensa conservadora, esperaron su momento frente
al declive del PSOE de Felipe González para saltar al
poder.
En su primera legislatura enderezaron
la desastrosa situación en que los socialistas habían
dejado la economía y derrocharon buenas maneras que
culminaron con el “yo hablo catalán en la intimidad”
de Aznar cuando negociaba la formación de gobierno tras
las legislativas de 1996.
Tras esa legislatura pactista, en el año
2000 se realizaron los comicios que darían al Partido
Popular la mayoría absoluta y que representarían el
verdadero punto de inflexión. A partir de ese momento
ya no necesitaban negociar con nadie sus propuestas,
así que perdieron el rubor y sus políticas evolucionaron
hacia la derecha más reaccionaria.
Ya no podían ni querían disimular sus
impulsos y aprovecharon la ocasión para implementar
sistemas de discriminación social y de precariedad.
Cada una de sus leyes fue provocando sucesivos rechazos
entre determinados grupos sociales.
El repentino cambio de signo en el gobierno
central tras las elecciones del 14 de marzo ha permitido
destapar diferentes casos que demuestran el mal uso
de fondos públicos por parte del anterior gobierno.
Uno de los más sonados ha sido descubrir que el Partido
Popular pagó con dinero del estado dos millones de dólares
a un “lobby” de Washington para que le fuese concedida
a Aznar la medalla de Oro del Congreso de los EE.UU.
Estos abogados debían encargarse de persuadir y presionar
a los congresistas y senadores americanos para obtener
las firmas requeridas para la concesión de la medalla.
Es decir, exclusivamente para la promoción personal
de Aznar.
Y de todo esto se debe extraer una conclusión,
y es que el poder corrompe y que todos los políticos
siguen siendo incapaces de pasar por honestos y aceptar
que sólo son trabajadores de una administración que
se creó para dar servicios a los ciudadanos. Y eso se
debe demostrar con gestos, como sería retirar los sueldos
vitalicios y otros exagerados privilegios que hacen
de los políticos una élite social. Incluso se habla
de una “clase política” cuando no son más que unos intermediarios
excesivamente vulnerables a las presiones y favores
de los grupos de capital.
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