Revuelta contra el golpe de estado mediático
No se recuerdan en la historia reciente del estado español días de tanta convulsión como los vividos con los atentados del 11 de marzo en Madrid. El despiadado ataque terrorista certificó que sumarse a la política de invasiones encabezada por EE. UU. tiene consecuencias inmediatas en un mundo infectado de violencia. Y lo peor de todo es que la proporción de civiles muertos en conflictos bélicos es más alta que nunca, llegando a superar el 80 por ciento cuando hasta hace solo un siglo apenas alcanzaba el 20.
Los atentados sanguinarios en Madrid, la actitud mezquina del gobierno y la explosión de rabia de los ciudadanos han dibujado un acontecimiento de trascendencia histórica que no podemos pasar de largo sin preguntarnos “¿Por qué?”. Más de 200 personas están muertas porque el gobierno decidió unirse a una política anti-islamista promovida por USA: colaborando en la guerra en Irak, tolerando la ocupación de Palestina y apoyando la de más países. Millones de personas exigieron al gobierno que no participase en la guerra, ellos ningunearon el movimiento porque tienen unos intereses mercantiles, y la consecuencia es que tenemos abierto otro frente terrorista aun más peligroso y mortífero.
Debemos ser conscientes de la dimensión del asunto. Hasta hace poco yo tenía la sensación de vivir en un lugar medianamente seguro y pacífico. Ahora somos objetivo militar, parece que vivamos en medio de una zona de guerra donde cualquier barbaridad nos puede ocurrir. Los ciudadanos pagamos con nuestra vida las decisiones de políticos que solo querían inflar sus bolsillos con el dinero del petróleo. Y para colmo hay que aguantar que nos mientan, que no asuman sus responsabilidades, que jueguen con nosotros y no admitan públicamente que la masacre de Madrid fue un acto contra el gobierno de Aznar en respuesta a su política pro-EEUU y que, por lo tanto, ellos también son corresponsables de la muerte todas esas personas y del dolor infinito de sus familiares y amigos.
Cuando Aznar estaba a punto de bajarse de su podium gubernativo dejando una estela de impunidad sosegada, la historia ha propinado a él y al PP un duro revés que los coloca en el lugar que les corresponde: el lugar de los criminales. Aznar merece que se le recuerde en la historia como un líder sanguinario que produjo la mayor matanza del estado español.
El bochornoso show de manipulación informativa
que el gobierno lanzó tras los atentados encendió la
furia de amplios sectores de la población que sentían
que era necesario expresarse y participar de alguna
manera para frenar tanta ignominia. Esto dio lugar a
una sin fin de protestas en todos los rincones del estado
de forma escalonada, espontánea, diversa y descentralizada.
A continuación presentamos la trascripción de un artículo
publicado por la agencia de noticias Contrainfos
que detalla como se vivieron en Barcelona las jornadas
posteriores a los atentados y, muy especialmente, la
noche del 13 de marzo.
Parando el fascismo institucional
En Barcelona, el viernes 12 de marzo al atardecer todos los partidos políticos catalanes convocaban a la manifestación trampa exaltada por José Maria Aznar bajo el epitafio “Por la Constitución”. Todos cayeron, el miedo mediático instaurado por el PP triunfó. Paralelamente, miles de personas fueron también a la marcha, pero no para compartir pancarta con los políticos, sino para rechazar la guerra, las muertes y el golpe de estado mediático. Un enorme bloque de manifestantes se situaba en medio del Passeig de Gràcia, justo en frente de la pancarta de cabecera y con gritos en contra del PP impedía que los políticos avanzaran hasta la plaza Catalunya, a pesar de los esfuerzos por parte de la guardia urbana. En aquel momento empezaba la revuelta contra la mentira.
Centenares de personas de todas las edades gritaban en contra de los dirigentes del Partido Popular presentes en el acto, y la presión popular forzó que un grupo de guardaespaldas con estética de cabezas rapadas tuviera que sacar a golpes y empujones entre la gente concentrada a Rodrigo Rato, Josep Piqué, Dolors Nadal y otros diputados. A la misma hora cerca de 300 personas se concentraron ya delante de la sede del PP de calle Urgell de Barcelona que la policía nacional acordonaba.
Según Contrastant no había más de 250.000 personas en la manifestación de Barcelona convocada por el gobierno central el pasado día 12 de marzo, y en Madrid habrían necesitado una calle de 50 metros de ancho, como el Passeig de Gràcia, pero de 40 kilómetros de largo para que cupiesen los 2.300.000 manifestantes que aseguraron que había desde fuentes del Gobierno.
Preparando la jornada de reflexión en la misma tarde del 12 de marzo, una asamblea en Espai Obert, dónde participaron cerca de una treintena de colectivos, organizaba actos para el día siguiente. Una conclusión era clara entre todo el mundo, la presencia en la calle que los partidos políticos no deseaban, era fundamental para desenmascarar “el gran hermano” que estábamos viviendo. El lema que se adoptó desde una propuesta llegada de Madrid era: “Nuestros muertos, vuestras guerras”. En Madrid y Valencia también tuvieron el suficiente empuje para convocar al día siguiente, aunque no estaban convencidos de la capacidad de respuesta de la gente.
Una bola de nieve imparable. A las 6 de la tarde del sábado 13 delante de la sede del PP en la calle Génova de Madrid había cerca de un centenar de personas, la convocatoria en Barcelona y Valencia era a las 7 de la tarde. En Canaletes se empezó a concentrar gente muy tímidamente, pero las noticias que llegaban desde Madrid ya contaban los manifestantes por miles. A partir de aquí todo fue imparable. Después de que tres furgones policiales nos comunicaran a través de megafonía que la concentración en Canaletes era ilegal según la Junta Electoral Central, todo el mundo empezó a andar con gritos y haciendo sonar las cacerolas. La sede del PP en la calle Urgell fue el punto de llegada, dónde la marcha confluyó con otras que salieron desde Sants y Gràcia. Eran las 10 de la noche y miles de personas hacían sonar una atronadora cacerolada, se oía por toda Barcelona y duró más de dos horas. Se produjeron caceroladas ruidosas en todos los distritos. En algunos barrios se reunieron personas a hacer la cacerolada en un punto determinado y a partir de ahí se iniciaron manifestaciones hasta la sede del PP en calle Urgell.
La concentración en la sede del PP se alargó hasta las cuatro de la madrugada, cuando una carga policial disolvió la protesta. Ya tres horas antes otra carga había provocado tres heridos y varios contusionados. La plaça Sant Jaume y la Delegación del Gobierno también fueron puntos de encuentro durante toda la madrugada con caceroladas, gritos, pancartas y minutos de silencio. Una marcha con cerca de 400 personas llegaba a la plaça Sant Jaume a las 4 y media de la madrugada, fue la última protesta multitudinaria de aquella larga noche. Con todo esto se había gestado la semilla de lo que al día siguiente seria la expulsión del PP del poder, mucha gente respiró algo más tranquila, no mucho más.
Fue una jornada de protestas espontáneas y absolutamente descentralizadas, una movilización improvisada sin precedentes protagonizada por personas muy indignadas que supieron reunirse de manera masiva y se dieron así a sí mismas la voz que de otra manera no se puede conseguir.
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