Número 15  //  Abril 2004
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Las mentiras del Gobierno: Pásalo

Los atentados del 11 de marzo en Madrid nos han dejado un sabor amargo y un frío estremecer que nos recorre todo el cuerpo. Al dolor por la muerte injusta de trabajadores, estudiantes, amigos, al cabo de los nuestros, se une la desazón que siempre provoca aquello que no se puede comprender. Ante un suceso como el que registraron las vías de tren próximas a Atocha aquella fatídica mañana, todos reclamamos respuestas, explicaciones, pero sobre todo buscamos apoyo en los otros. Lo que no puede entenderse necesita de brazos y hombros que, aún tan ignorantes como nosotros mismos, nos mezan y nos den apoyo. La ciudadanía de toda España se irguió en brazos de consuelo y hombros para acoger el desconsuelo. Unos con otros. La gente se mostró empática y solidaria. El gobierno no. Sólo aquellos que se supone representan el sentir general desde los sillones del Congreso fueron los que crisparon en lugar de apaciguar, los que empujaron en lugar de arrullar. Sólo ellos empañaron en lugar de aclarar. Sólo ellos nos mintieron.

Inmediatamente después del atentado en Atocha, se produjo el debut de lo que desembocaría en la más lucida actuación de este Gobierno en los últimos tiempos. Su protagonista de ocasión: Ángel Acebes, entonces aún ministro de Interior. Con las elecciones generales en ciernes, el ejecutivo se vio acorralado y pugnó por ocultar lo inocultable. Desde el primer momento aseguraron categóricamente que la mano asesina era la de ETA, lo cual sin duda iba a ayudarles a sumar puntos en su campaña electoral al permitirles ahondar en su rancia y retrógrada política antiterrorista. No había lugar a dudas sobre la autoria de la matanza. ¿O sí? Ni la comparecencia de Arnaldo Otegui negando rotundamente la implicación de ETA en el atentado ni la filtración de que el Centro Nacional de Inteligencia estaba trabajando con la tesis del terrorismo islámico como hipótesis principal al 99%. Nada les hacía bajarse del burro. Ellos,claro, eran ese 1% que se resistía a la evidencia. Así eran las cosas y así nos las estaban contando, aunque cabía la posibilidad de que fueran de cualquier otra manera. Sólo un imperceptible resquicio de duda. Y Acebes se iba cubriendo de gloria.

Durante los dos días posteriores al 11-M, toda la prensa internacional apuntaba a Al Qaeda como la banda autora de la masacre y empezaba a mostrarse perpleja por la actitud hermética y contracorriente del Gobierno español, temeroso de verse salpicado por la eventual relación entre la acción terrorista y su participación unilateral en la guerra de Irak. ETA apenas aparecía en las quinielas que se barajaban allende los Pirineos. Aquí, en cambio, seguíamos jugando a contar mentiras. Igual que sucedía en tiempos que algunos creían ya olvidados, en España había que sintonizar cadenas extranjeras y leer periódicos internacionales para conocer algo de lo que en realidad estaba ocurriendo. Pero 2004 no es 1960 y la información que circula más allá de nuestras fronteras es hoy mucho más accesible que hace 40 años. El contraste entre lo que ésta decía y lo que contaban nuestros medios de (des)información era poco menos que bochornoso. Urdaci en sus trece, el Gobierno mirando hacia otro lado y en TVE1 una película sobre el asesinato de Fernando Buesa a manos de ETA.

En la era de la comunicación, es harto difícil cortar su flujo, algo así como tratar de poner puertas al campo. La voz no se puede parar. Pásalo. Pásalo. Pásalo. Y las calles se llenaron de voces que exigían la verdad. Tampoco éstas quedaron reflejadas en nuestros medios de comunicación, pero ya no dependemos de ellos para saber. Si algo hemos aprendido de todo esto es a desconfiar de lo categórico y a utilizar nuestras únicas armas: la voz y la unión popular.

Al cabo, la presión de la realidad acabó por desestabilizar el castillo de naipes que nuestros gobernantes habían intentado construir entorno a lo ocurrido el 11 de marzo. La verdad les explotó en las manos justo antes de la jornada electoral y, por una vez, el pueblo quiso que la manipulación tuviera su merecido castigo en las urnas. Cuando un gobierno miente a sus ciudadanos en unas circunstancias como las del 11-M es que eso que se empeñan en llamar democracia es una hamburguesa del McDonald’s con un profundo olor a podrido. Y la nuestra, concretamente, apesta. El elenco formado por Acebes, Aznar, Rajoy, Zaplana y demás compinches de obra ha representado esta vez un sainete con muy poca gracia. Los espectadores hemos querido subir al escenario y la verdad ha acabado por desparramarse como un baño de espuma. Pásalo.

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