Retazos de una época triste
Vuelve a acercarse la Navidad, con el estruendo de todos los años, y todos correremos otra vez a vaciarnos un poco más, a buscarle un sentido a la sinrazón de nuestras vidas. Un libro, un disco, un bote de colonia, una corbata, regalos que llenen nuestras estanterías, nuestros armarios, y dibujen sonrisas de satisfacción en la comisura de nuestros labios. Pero el vacío del alma no se llena con los productos de El Corte Inglés.
Vivimos con tanta prisa que apenas nos paramos a pensar hacia dónde nos estamos dirigiendo, adónde queremos llegar con esta carrera desaforada. ¿Hay que trabajar? Pues trabajamos. ¿Hay que hipotecarse hasta los huesos? Nos lanzamos a por nuestra hipoteca más veloces que el vecino. ¿Hay que regalarse píldoras de diversión los viernes por la noche y sábados por la tarde? No hay problema, nos sumamos al rebaño y juramos divertirnos. Y después de todo, ¿hay que celebrar la Navidad con bullicio y oropeles, blandir turrones y empuñar figuras de mazapán? Pues lo hacemos. Eso sí: sin pensar en el sentido que todo esto pueda tener.
Teñidos de torpes brochazos de ilusión fingida nos deslumbramos ante los escaparates, galopamos hacia las tiendas y desfilamos por avenidas hechas ríos de humanidad programada para comprar y ser feliz. ¿Ser feliz? Si no frenamos la corriente y saltamos al otro lado, seguiremos formando parte de esto que no sabemos muy bien qué es ni para qué sirve. Al otro lado no hay nada, no existen cauces predeterminados por los que discurrir sonrientes ni sendas de acción trazadas pero hay, eso sí, una casi siempre contumaz e incómoda obligación de mirarnos hacia dentro y preguntar por qué.
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