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Durante la noche y madrugada del martes 7 de octubre se celebraron en California las elecciones presidenciales, a las cuales se presentaba el actor Arnold Schwarzenegger como candidato del partido republicano, el de George W. Bush. El actor es popularmente conocido por sus interpretaciones en Terminator y otras películas de acción con una alta dosis de violencia gratuita y efectos especiales.
Unas horas antes de que a orillas del Pacífico arrancase la jornada electoral, en Oriente Próximo Israel invadía el territorio de un estado vecino lanzando un ataque aéreo contra unas instalaciones en Siria, a 15 km. de la capital, Damasco.
En la mañana del miércoles 8 de octubre se hacía público que Arnold Schwarzenegger era el nuevo presidente del estado de California y, horas más tarde, el presidente de EEUU, George Bush, afirmaba que Israel tiene derecho a defenderse de sus enemigos. Lejos de plantearse si el ataque estaba justificado o de reclamar pruebas a Israel de la supuesta complicidad de Siria con el terrorismo palestino o de exigir respeto al derecho internacional, Bush se limitó a aprobar la agresión de Israel a Siria dando vía libre a los primeros para repetir la acción tantas veces como sea necesario aunque, eso sí, deseando que el conflicto no vaya a mayores.
Durante el resto del miércoles no podía dejar de pensar en el sentido que la política y la diplomacia tienen en las relaciones internacionales cuando las jerarquías de poder son tan angustiosamente evidentes.
El orden de prioridades viene definido
por criterios económicos que han desplazado a la ética
hasta dejarla taciturna y obsoleta en un rincón. En
el actual marco del "estado de derecho", la justicia
sólo es un policía administrativo que aporrea a los
proscritos e inadaptados al sistema.
La clase política ha conseguido contagiar ese orden de prioridades, ese sentido de la justicia y ese estilo de vida a la mayoría de los habitantes del planeta, convirtiéndolos así en marionetas domesticadas, en piezas del enorme engranaje que hace funcionar al sistema capitalista. Cuanto mejor sea la posición de una comunidad dentro de esta escala de valores regida por el poder económico mayor es el apoyo de esa comunidad al sistema de desigualdad mundial o, dicho de otra forma, mayor es el grado de sumisión e idiotización de esos individuos.
De esta manera, en el estado más rico del país más rico del mundo no han dudado ni un momento en escoger como presidente a un actor de ficción, aceptando que la política es básicamente un teatro de variedades pagado por el amo de todo este espectáculo: el gran capital.
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