Número 8  //  Febrero 2003
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Guerra a la guerra

El nuevo plan de EEUU en su avance por la conquista del mundo pasa por el sometimiento de una de sus mayores bestias negras: Irak y, más concretamente, Sadam Hussein. George Bush junior se dispone a acabar la guerra del Golfo Pérsico que su padre dejó inconclusa en 1991. Esta vez, como entonces, el cambio es evidente: sangre por petróleo. Sangre iraquí que poco importa a Bush por petróleo que le importa más que cualquier otra cosa, ya que le reportará millones de dólares.

Los visos iniciales de una posible guerra de EEUU contra Irak produjeron escaso efecto en la opinión pública. Hoy, en cambio, las voces se alzan para exigir a Bush que ponga freno a esta guerra. ¿Por qué? La campaña contra la guerra que ahora vemos no tiene un origen social espontáneo sino que nace de la postura de ciertos líderes de opinión, erigidos como avanzadilla del movimiento antibélico. En España, fueron los actores, directores y artistas del mundo del celuloide y el teatro en general los primeros en clamar el "no a la guerra", arrastrando tras de sí a gran parte de la sociedad que hoy se desgañita con este grito y lo hace suyo.

Las manifestaciones del pasado día 15 lograron importantes cifras de asistencia en varios puntos de España y Europa. La sociedad civil quiere organizarse para hacer de Irak el Vietnam del siglo XXI, en un intento de emular aquellos tiempos en que la presión popular acabó por derribar los planes bélicos de EEUU. Quieren que la voz del pueblo sea tenida en cuenta como soberana verdadera que es (debería ser) y que las vidas iraquíes sean valoradas como lo que son (deberían ser): vidas humanas que poco tienen que ver con los dólares que abultan los bolsillos de los dirigentes políticos de uno y otro lado del conflicto. Pero Irak no es Vietnam y 2003 no es 1973.

El seguidismo de gran parte de la sociedad es un fenómeno patente en casi todos los ámbitos de la vida social. En el caso de las reivindicaciones, basta con recordar otra guerra no muy lejana en el tiempo ni tampoco en el espacio: Afganistán. Hace aproximadamente un año la tierra temblaba bajo los pies de millones de afganos, cuyas vidas se cambiaban también por dólares y otros intereses del gigante norteamericano. El pueblo afgano tuvo que sufrir una catástrofe similar a la que se avecina hoy a los iraquíes, pero entonces la movilización ciudadana para detener la masacre fue prácticamente nula. ¿Acaso no se trata igualmente de personas en ambos casos? ¿Acaso las aspiraciones de EEUU no iban por los mismos derroteros entonces y ahora? ¿Acaso no funcionaba ya la disyuntiva entre el bien y el mal, creada por el mismo Bush, que actualmente se pretende desligitimar?

La oposición a la guerra de Irak ha sido tácitamente autorizada por las propias estructuras institucionales, que en cierto modo han dado el visto bueno al grito de "no a la guerra". Ahora es correcto, e incluso está de moda, rechazar la guerra como forma de sometimiento de un pueblo a los dictados de otro, lo cual no sucedía mientras la población afgana moría a montones a manos del mismo Bush que ahora se nos aparece como un ogro. Los artistas españoles dieron el pistoletazo de salida al masivo posicionamiento social contra la guerra. Pero ya no están solos.

Desde los medios de comunicación se está lanzando el mensaje de que la oposición a la guerra de Irak es algo lógico, oportuno y necesario, de modo que gran parte de la sociedad se plantea la movilización como una forma de actuar de acuerdo a los dictados morales del momento. Las manifestaciones del día 15 fueron anunciadas incluso en Crónicas Marcianas y promocionadas por algunos políticos convencionales que practican el doble juego de la política institucional combinada con una pretendida cercanía a los anhelos populares. Algunos miembros del PSOE, el mismo partido que en 1991 participó en la guerra del Golfo junto a EEUU, propugnan hoy un mundo en paz, en un alarde de oportunismo que no deja de sorprender.

Pero la paz no consiste simplemente en evitar la guerra. Lo que llamamos paz no podrá lograrse hasta que todos y cada uno de los pueblos que habitan la tierra puedan vivir libremente, autogestionados y sin presiones de ningún tipo por parte de otros países más poderosos. La paz no es sólo evitar las bombas en Irak sino también acabar con la injusticia contra el pueblo palestino, con el hambre que azota numerosos países en el continente africano, con la discriminación de la población indígena en gran parte de Latinoamérica, con la pobreza de amplios sectores sociales en las grandes ciudades del mundo, con los regímenes dictatoriales y con un etcétera tan largo que resulta casi inenarrable. Salir a la calle con una pegatina de "no a la guerra" debería ser sólo el principio de una movilización social aún mayor que clamara por un mundo verdaderamente en paz.

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