Olas negras en Galicia: Nunca Mais
Un latigazo de negro espesor azota la costa gallega desde hace más de un mes. El pasado 19 de noviembre se hundía el petrolero Prestige frente a las playas de Galicia, ante los ojos atónitos de la población gallega, española y mundial, y frente a la pasividad pasmosa de quienes debían estar al mando de la situación. La rápida respuesta civil ante la tragedia, sin medios pero con un ahínco sorprendente, es toda una lección de la que más de uno debiera tomar nota.
El buque Prestige se partió en dos y se hundió frente al litoral gallego, cargado con 70.000 toneladas de fuel que desde entonces han regado el mar y las playas de eso que los gallegos han acertado en denominar chapapote. Durante los cinco días anteriores a su hundimiento, el petrolero estuvo vagando por aguas del Atlántico sin un rumbo determinado, sin que nadie tomara el mando de la situación y mientras el presidente de la Xunta Galega, Manuel Fraga Iribarne, se encontraba de caza. Después fue engullido vorazmente por el océano, que ha manchado sus aguas y ha llevado el fuel hasta las playas, donde los gallegos han visto con desolación como su paisaje, su modo de vida y la base de su cultura y su economía amanecía teñido de negra viscosidad.
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La ineficacia administrativa ha sido flagrante. Las autoridades competentes no han sido capaces de reaccionar ante el problema y, aún peor, se han volatilizado en los momentos en que eran más necesarias para la sociedad a la que representan. La falta de material, la nula coordinación y la disparidad en las órdenes recibidas desde A Coruña han dibujado una imagen de tremendo colapso administrativo, agudizada por la ausencia de personal oficial destinado a las tareas de limpieza del desastre durante las primeras semanas. En definitiva: los gobiernos competentes, central y autonómico en este caso, no han sabido gestionar la crisis en absoluto. Ni cuando el Prestige era una amenaza que erraba por aguas del Atlántico ni cuando su hundimiento empezó a ennegrecer el litoral gallego.
La actuación gubernamental ante el problema ha ido más bien encaminada a todo lo contrario, con la desinformación y el despiste como bandera. Las autoridades empezaron evitando a toda costa la referencia a las consecuencias del Prestige como marea negra, y la versión oficial insistía en el término "manchas negras" aún cuando, en los cuatro primeros días posteriores al hundimiento, ya habían resultado afectados 500 kilómetros del litoral gallego. Negaron el problema y se dedicaron a protagonizar disputas políticas, guerras de declaraciones con los partidos de la oposición que nada tenían que ver con lo que se estaba viviendo en las playas gallegas, en lugar de intentar buscar soluciones para poner remedio a la desgracia. Esta vez la clase política, ya de por sí lejos de la realidad, ha abandonado a los gallegos. Galicia, en jaque mate, esperaba una jugada de socorro que no acababa de llegar por la vía institucional.
La mano tendida a Galicia llegó por parte de la sociedad civil, organizada de forma espontánea: una enorme marea blanca de solidaridad y esfuerzo desinteresado que ha suplido desde el principio ese claro abandono de la responsabilidad política. Cientos de personas acudieron a los diversos puntos afectados por la marea negra poco después del hundimiento del petrolero, sumando sus esfuerzos a los de los marineros y ciudadanos gallegos, que desde el primer momento se lanzaron a limpiar las playas con sus propias manos. La voluntad popular se organizó enseguida, logrando optimizar las tareas de limpieza de tal manera que, cuando los efectivos enviados por el gobierno han llegado a Galicia, se han encontrado con un entramado perfectamente eficaz. Y ahora las imágenes de los voluntarios, vestidos con monos blancos manchados de fuel, en guerra contra el chapapote, llegan a nuestros hogares y nos llenan de esperanza. La población civil luchando por poner lindes a la tragedia desde mucho antes de que el gobierno se decidiera a hacer algo. Una lección magistral.
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El caos vivido a raíz de la crisis del Prestige resulta, cuando menos, indignante. Cuando en un país ocurre una tragedia así y es la gente del pueblo la que tiene que auto organizarse para hacerle frente, es que algo pasa en sus instituciones de gobierno. Así las cosas, ¿para qué elegimos un poder, unos gobernantes? ¿Para qué pagamos impuestos? Si cuando hay dificultades no hay nadie que responda. Nadie que gestione. Si desaparecen. Entonces, ¿para qué nos sirve elegir a unos políticos como representantes de la voluntad ciudadana? En este caso no han sido capaces de reaccionar ante la catástrofe, pero tampoco de rectificar ni de asumir sus culpas una vez destapado el error.
La tragedia del Prestige ha servido para, entre otras cosas, desenmascarar la verdadera utilidad de los políticos y sacar a la luz la unidad ciudadana y la fuerza de la autogestión cívica. Contundente como una bofetada en la cara de quienes, ostentando un puesto administrativo, han sido incapaces de administrar lo mas mínimo. Se ha resucitado el colectivo Nunca Mais, organizado por primera vez a partir del desastre del Mar Egeo, otro petrolero que dejó su negra firma sobre las costas de Galicia en 1992. De ahora en adelante, el grito ha de ser unánime: Nunca Mais.
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