Número 6  //  Octubre 2002
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Euskadi: el proceso de paz en el dique seco

El gobierno español lleva cuarenta años combatiendo el conflicto armado en Euskadi a través de la vía policial. Es tiempo suficiente para considerar que la alternativa represiva ha fallado y se deben buscar otros caminos. Las explicaciones del gobierno se enfocan a hacer creer que los etarras cometen atentados porque son un puñado de sádicos marginales, pero es importante recalcar que los motivos de la lucha armada en Euskadi son mucho más profundos de lo que parecen y tras la violencia se persiguen unas metas socio-políticas.

Los partidos estatales evitan reiteradamente hablar de la raíz del problema: la conveniencia o no de otorgar la autodeterminación a Euskadi. Solo hablan de acabar con la violencia sin tener en cuenta que esa violencia es la consecuencia de un conflicto político no resuelto. Una parte importante de la sociedad vasca no se siente identificada con España y sí, en cambio, con Euskadi. Si bien la creación de un nuevo estado es una tarea burocráticamente muy compleja, también hay que admitir que es una posibilidad real y que no debería ser algo tan traumático como algunos quieren hacer creer.

Hemos escuchado durante años a Mayor Oreja, cuando era ministro de Interior, decir que no habría negociación hasta que no cesara la violencia, y se acusó durante mucho tiempo a ETA de ser una mafia. En septiembre de 1998 llegó la tregua, una tregua seria y efectiva, ni una sola víctima mortal durante catorce meses. Entonces comprobamos que el PP sólo cree en la represión como única solución al conflicto vasco. El gobierno renunció al dialogo cuando el ala violenta del independentismo vasco estaba dispuesta a negociar acerca de sus fines y objetivos.

Y después de esto, aun tienen el descaro de autonombrarse "los demócratas". Un partido que niega el diálogo es, por definición, contrario a los principios democráticos.

El gobierno del Partido Popular ha encontrado en ETA un perfecto chivo expiatorio sobre el cual desviar la atención, desde hace años no hay un tema que ocupe más horas en televisión ni más páginas en los periódicos, es como si no hubiese ningún otro problema en España. Además, los políticos del PP han sabido utilizar a ETA para crear un enemigo común y despertar un sentimiento de unidad que no existía, de modo que les ha salido la jugada redonda. De alguna manera, la manipulación del fenómeno terrorista es lo que les ha concedido la mayoría absoluta: han sabido hacer creer a las masas que ellos son los héroes, mártires y justicieros de una historia que ellos mismos parece que quieren avivar, cual ajedrecista que sacrifica a sus peones para conseguir una posición de ventaja.

El PP margina, criminaliza e ilegaliza un partido que recibe cerca de doscientos mil votos: Batasuna. Si bien la coalición abertzale se mueve en el límite de lo legal, el estado no ha presentado pruebas fehacientes acerca de la financiación del grupo armado y justifica su ofensiva a partir de las simpatías que Batasuna exhibe hacia ETA. Por ejemplo, porque lamentan pero no condenan los atentados. Se ha discutido acerca de este punto como si la condena a los atentados por parte de Batasuna supusiese el final del conflicto. No existe ninguna norma que obligue a "condenar" o mostrar repulsa hacia un acto de violencia, por eso, cuando PP y PSOE nos obligan a pensar como ellos cometen una agresión a la libertad de expresión y muestran una dudosa reputación democrática.

Además de la represión que se aplica al sector radical, los nacionalistas moderados también sufren el fuerte centralismo estatal, para Madrid dos décadas y media no han sido tiempo suficiente para completar las transferencias aprobadas en el estatuto.

En medio de la espiral de reacciones por el endurecimiento del conflicto en Euskadi, la intervención de la Iglesia fue sorprendente, primero porque no es una institución que acostumbre a participar en materia política y segundo por la claridad y honestidad de su mensaje. La Iglesia vasca ha reconocido públicamente que buena parte de los vascos prefieren no pertenecer a España, lo cual demuestra que la situación en Euskadi no es un nacionalismo excluyente sino un deseo colectivo.

El objetivo prioritario que todos deberíamos perseguir es que se deje de matar, torturar, marginar, criminalizar,... Siguiendo unos principios democráticos, un referéndum en Euskadi sería una manera de poner de relieve lo que se respira entre los ciudadanos vascos. Ellos tienen derecho a decidir lo que quieren ser. La posibilidad de la autodeterminación es aún más factible desde que estamos en la Unión Europea, ya que, a efectos prácticos, supondría pocas diferencias respecto a la situación actual. En cambio, si la mayoría de los vascos prefiriese seguir como autonomía española sería la banda armada quien debería cuestionarse el por qué de su existencia.

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