Euskadi: el proceso de paz en el dique seco
El gobierno español lleva cuarenta años combatiendo
el conflicto armado en Euskadi a través de la vía policial.
Es tiempo suficiente para considerar que la alternativa represiva
ha fallado y se deben buscar otros caminos. Las explicaciones
del gobierno se enfocan a hacer creer que los etarras cometen
atentados porque son un puñado de sádicos marginales, pero
es importante recalcar que los motivos de la lucha armada
en Euskadi son mucho más profundos de lo que parecen y tras
la violencia se persiguen unas metas socio-políticas.
Los partidos estatales evitan reiteradamente
hablar de la raíz del problema: la conveniencia o no de otorgar
la autodeterminación a Euskadi. Solo hablan de acabar con
la violencia sin tener en cuenta que esa violencia es la consecuencia
de un conflicto político no resuelto. Una parte importante
de la sociedad vasca no se siente identificada con España
y sí, en cambio, con Euskadi. Si bien la creación de un nuevo
estado es una tarea burocráticamente muy compleja, también
hay que admitir que es una posibilidad real y que no debería
ser algo tan traumático como algunos quieren hacer creer.
Hemos escuchado durante años a Mayor Oreja,
cuando era ministro de Interior, decir que no habría negociación
hasta que no cesara la violencia, y se acusó durante mucho
tiempo a ETA de ser una mafia. En septiembre de 1998 llegó
la tregua, una tregua seria y efectiva, ni una sola víctima
mortal durante catorce meses. Entonces comprobamos que el
PP sólo cree en la represión como única solución al conflicto
vasco. El gobierno renunció al dialogo cuando el ala violenta
del independentismo vasco estaba dispuesta a negociar acerca
de sus fines y objetivos.
Y después de esto, aun tienen el descaro de
autonombrarse "los demócratas". Un partido que niega el diálogo
es, por definición, contrario a los principios democráticos.
El gobierno del Partido Popular ha encontrado
en ETA un perfecto chivo expiatorio sobre el cual desviar
la atención, desde hace años no hay un tema que ocupe más
horas en televisión ni más páginas en los periódicos, es como
si no hubiese ningún otro problema en España. Además, los
políticos del PP han sabido utilizar a ETA para crear un enemigo
común y despertar un sentimiento de unidad que no existía,
de modo que les ha salido la jugada redonda. De alguna manera,
la manipulación del fenómeno terrorista es lo que les ha concedido
la mayoría absoluta: han sabido hacer creer a las masas que
ellos son los héroes, mártires y justicieros de una historia
que ellos mismos parece que quieren avivar, cual ajedrecista
que sacrifica a sus peones para conseguir una posición de
ventaja.
El PP margina, criminaliza e ilegaliza un partido
que recibe cerca de doscientos mil votos: Batasuna. Si bien
la coalición abertzale se mueve en el límite de lo legal,
el estado no ha presentado pruebas fehacientes acerca de la
financiación del grupo armado y justifica su ofensiva a partir
de las simpatías que Batasuna exhibe hacia ETA. Por ejemplo,
porque lamentan pero no condenan los atentados. Se ha discutido
acerca de este punto como si la condena a los atentados por
parte de Batasuna supusiese el final del conflicto. No existe
ninguna norma que obligue a "condenar" o mostrar repulsa hacia
un acto de violencia, por eso, cuando PP y PSOE nos obligan
a pensar como ellos cometen una agresión a la libertad de
expresión y muestran una dudosa reputación democrática.
Además de la represión que se aplica al sector
radical, los nacionalistas moderados también sufren el fuerte
centralismo estatal, para Madrid dos décadas y media no han
sido tiempo suficiente para completar las transferencias aprobadas
en el estatuto.
En medio de la espiral de reacciones por el
endurecimiento del conflicto en Euskadi, la intervención de
la Iglesia fue sorprendente, primero porque no es una institución
que acostumbre a participar en materia política y segundo
por la claridad y honestidad de su mensaje. La Iglesia vasca
ha reconocido públicamente que buena parte de los vascos prefieren
no pertenecer a España, lo cual demuestra que la situación
en Euskadi no es un nacionalismo excluyente sino un deseo
colectivo.
El objetivo prioritario que todos deberíamos
perseguir es que se deje de matar, torturar, marginar, criminalizar,...
Siguiendo unos principios democráticos, un referéndum en Euskadi
sería una manera de poner de relieve lo que se respira entre
los ciudadanos vascos. Ellos tienen derecho a decidir lo que
quieren ser. La posibilidad de la autodeterminación es aún
más factible desde que estamos en la Unión Europea, ya que,
a efectos prácticos, supondría pocas diferencias respecto
a la situación actual. En cambio, si la mayoría de los vascos
prefiriese seguir como autonomía española sería la banda armada
quien debería cuestionarse el por qué de su existencia.
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