Número 6  //  Octubre 2002
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Boletín de noticias destinado a
erosionar la consciencia

Los EE.UU. fortifican su dominación mundial

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial ningún estado se ha atrevido a discutir la jerarquía de EE.UU. a la hora de tomar decisiones que afecten al orden mundial. Ya durante los años de la guerra fría intervinieron militarmente en varios países, bajo el pretexto de frenar la expansión del "maléfico" comunismo los norteamericanos declararon guerras, apoyaron golpes de estado, financiaron guerrillas y desencadenaron todo tipo de atrocidades que una mente humana pueda imaginar.

Caído el muro de Berlín (1989), el supervillano comunista ha sido sustituido por el terrorista, preferiblemente de origen islámico, y así el gigante del dólar continúa sus aventuras como justiciero mundial. Los atentados del 11-S fueron una respuesta, casi previsible, a las continuas agresiones de su ejército; pero ahora EE.UU. los están utilizando como excusa para agredir, controlar, limitar derechos y libertades, o justificar ataques militares indiscriminados. Actualmente, en nombre de la seguridad y la guerra infinita contra el terrorismo internacional, EE.UU. tienen fuerzas especiales desplegadas en Afganistán, Pakistán, Filipinas, Yemen, Somalia, Georgia o Colombia; aunque las operaciones realizadas son sospechosamente selectivas, ya que se están dejando de lado casos sangrantes como el conflicto palestino-israelí o diversas guerras en África (Sierra Leona, Ruanda,...). También presionan y deciden en los organismos que determinan el curso de la globalización: G-8, FMI, Banco Mundial, OCDE, OMC.

Los EE.UU. cuentan con la supremacía militar y económica en el planeta, pero el uso que de ello hacen es cada vez más ruin y egoísta, colocando sus intereses por encima de las necesidades de la especie humana y de la estabilidad ecológica que requiere nuestro planeta. En ningún caso buscan la paz, la estabilidad y la igualdad internacional. El gobierno de EE.UU. no cumple los compromisos internacionales que no encajan con su papel dominante: el tratado balístico ABM, el protocolo medioambiental de Kyoto, las minas antipersona o el Tribunal Penal Internacional.

El posible ataque a Irak es una prueba de la soberbia con la que actúan los EE.UU. a la hora de manipular el rumbo de la historia, especialmente si tenemos en cuenta que el gobierno irakí se ha mostrado dispuesto a permitir una inspección de Naciones Unidas en su territorio. Si ingleses y estadounidenses pueden demostrar que Irak tiene armas de destrucción masiva, ¿por qué no entran allí y nos enseñan a todos las pruebas de sus acusaciones? ¿Por qué no extienden su amenaza a otros países poseedores de armas de destrucción masiva? Es más, si los EE.UU. no obedecen a las decisiones de un organismo supuestamente neutral ni a la legislación internacional, ¿quién podrá negar ahora que están ejerciendo una dictadura a nivel mundial?

Detrás de todo este montaje acerca de la potencial peligrosidad irakí se esconden las verdaderas razones de semejante anhelo bélico. EE.UU. quieren controlar la producción y el precio del petróleo para mantener su ritmo de consumo energético y asegurarse, además, una presencia militar continuada en la región. Pretenden actuar al margen de la ONU y de cualquier organismo internacional, ser un imperio sin ley. Además, se atreven a advertir públicamente que quién no les apoye no participará en el nuevo reparto.

La mejor manera de ayudar al pueblo irakí y proteger allí los derechos humanos es acabar con el brutal embargo que desde hace doce años se mantiene sobre Irak. Si Bush ataca a Irak, la ONU será inútil e incapaz de evitar las guerras para cuya prevención fue creada. Los pueblos del mundo deberán buscar otra fórmula para acabar con el azote de la guerra. Ha llegado el momento para la ONU de demostrar si seguirán fieles a su Carta y al Derecho Internacional o se someterán a la coerción de la superpotencia.

Para que la situación sea aún más denigrante, nos encontramos que la Unión Europea acaba de firmar su subordinación al coloso norteamericano, aceptando que sus soldados tengan un estatus distinto ante la Corte Penal Internacional. Esto supone una descarada trasgresión del principio de igualdad y la aceptación por parte de Europa de un papel secundario en el marco internacional a la vez que se resignan a ser un cómplice silencioso de los horrores venideros que EE.UU. puedan causar. El ejecutivo español ha sido uno de los que más firmemente ha promovido esta irregularidad legal que concede la inmunidad al personal militar estadounidense. La ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, tras poco más de tres meses en el cargo ha demostrado una preocupante sumisión a todos los designios llegados desde la Casa Blanca. Gracias a ellos, ahora ya no somos todos iguales ante la ley.

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