Los EE.UU. fortifican su dominación mundial
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial
ningún estado se ha atrevido a discutir la jerarquía de EE.UU.
a la hora de tomar decisiones que afecten al orden mundial.
Ya durante los años de la guerra fría intervinieron militarmente
en varios países, bajo el pretexto de frenar la expansión
del "maléfico" comunismo los norteamericanos declararon guerras,
apoyaron golpes de estado, financiaron guerrillas y desencadenaron
todo tipo de atrocidades que una mente humana pueda imaginar.
Caído el muro de Berlín (1989), el supervillano
comunista ha sido sustituido por el terrorista, preferiblemente
de origen islámico, y así el gigante del dólar continúa sus
aventuras como justiciero mundial. Los atentados del 11-S
fueron una respuesta, casi previsible, a las continuas agresiones
de su ejército; pero ahora EE.UU. los están utilizando como
excusa para agredir, controlar, limitar derechos y libertades,
o justificar ataques militares indiscriminados. Actualmente,
en nombre de la seguridad y la guerra infinita contra el terrorismo
internacional, EE.UU. tienen fuerzas especiales desplegadas
en Afganistán, Pakistán, Filipinas, Yemen, Somalia, Georgia
o Colombia; aunque las operaciones realizadas son sospechosamente
selectivas, ya que se están dejando de lado casos sangrantes
como el conflicto palestino-israelí o diversas guerras en
África (Sierra Leona, Ruanda,...). También presionan y deciden
en los organismos que determinan el curso de la globalización:
G-8, FMI, Banco Mundial, OCDE, OMC.
Los EE.UU. cuentan con la supremacía militar
y económica en el planeta, pero el uso que de ello hacen es
cada vez más ruin y egoísta, colocando sus intereses por encima
de las necesidades de la especie humana y de la estabilidad
ecológica que requiere nuestro planeta. En ningún caso buscan
la paz, la estabilidad y la igualdad internacional. El gobierno
de EE.UU. no cumple los compromisos internacionales que no
encajan con su papel dominante: el tratado balístico ABM,
el protocolo medioambiental de Kyoto, las minas antipersona
o el Tribunal Penal Internacional.
El posible ataque a Irak es una prueba de la
soberbia con la que actúan los EE.UU. a la hora de manipular
el rumbo de la historia, especialmente si tenemos en cuenta
que el gobierno irakí se ha mostrado dispuesto a permitir
una inspección de Naciones Unidas en su territorio. Si ingleses
y estadounidenses pueden demostrar que Irak tiene armas de
destrucción masiva, ¿por qué no entran allí y nos enseñan
a todos las pruebas de sus acusaciones? ¿Por qué no extienden
su amenaza a otros países poseedores de armas de destrucción
masiva? Es más, si los EE.UU. no obedecen a las decisiones
de un organismo supuestamente neutral ni a la legislación
internacional, ¿quién podrá negar ahora que están ejerciendo
una dictadura a nivel mundial?
Detrás de todo este montaje acerca de la potencial
peligrosidad irakí se esconden las verdaderas razones de semejante
anhelo bélico. EE.UU. quieren controlar la producción y el
precio del petróleo para mantener su ritmo de consumo energético
y asegurarse, además, una presencia militar continuada en
la región. Pretenden actuar al margen de la ONU y de cualquier
organismo internacional, ser un imperio sin ley. Además, se
atreven a advertir públicamente que quién no les apoye no
participará en el nuevo reparto.
La mejor manera de ayudar al pueblo irakí y
proteger allí los derechos humanos es acabar con el brutal
embargo que desde hace doce años se mantiene sobre Irak. Si
Bush ataca a Irak, la ONU será inútil e incapaz de evitar
las guerras para cuya prevención fue creada. Los pueblos del
mundo deberán buscar otra fórmula para acabar con el azote
de la guerra. Ha llegado el momento para la ONU de demostrar
si seguirán fieles a su Carta y al Derecho Internacional o
se someterán a la coerción de la superpotencia.
Para que la situación sea aún más denigrante,
nos encontramos que la Unión Europea acaba de firmar su subordinación
al coloso norteamericano, aceptando que sus soldados tengan
un estatus distinto ante la Corte Penal Internacional. Esto
supone una descarada trasgresión del principio de igualdad
y la aceptación por parte de Europa de un papel secundario
en el marco internacional a la vez que se resignan a ser un
cómplice silencioso de los horrores venideros que EE.UU. puedan
causar. El ejecutivo español ha sido uno de los que más firmemente
ha promovido esta irregularidad legal que concede la inmunidad
al personal militar estadounidense. La ministra de Asuntos
Exteriores, Ana Palacio, tras poco más de tres meses en el
cargo ha demostrado una preocupante sumisión a todos los designios
llegados desde la Casa Blanca. Gracias a ellos, ahora ya no
somos todos iguales ante la ley.
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