Número 6  //  Octubre 2002
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Boletín de noticias destinado a
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Silencio: Se Rueda

La idea de vivir bajo la atenta mirada de un "gran hermano" se ha materializado, en los últimos tiempos, en la existencia de videocámaras que nos observan desde cada rincón de nuestras ciudades. Pero el rastreo a que estamos sometidos va mucho más allá. La realidad tiene una cara menos visible y todavía más mezquina: la acumulación de datos sobre cada uno de nosotros, la lectura y escucha indiscriminada de nuestras comunicaciones privadas e incluso la posibilidad de localizarnos en cualquier lugar a través del teléfono móvil.

El caso del Reino Unido es el más cercano a la exageración, con una red de vigilancia mediante cámaras que hace que cada uno de sus habitantes aparezca unas 300 veces diarias en filmaciones, bien públicas o privadas. El estado de este país, junto con varias compañías privadas, está haciendo de los británicos las personas más vigiladas del mundo, hasta el punto de que los teléfonos móviles que utilizan, incluso estando desconectados, pueden delatar la ubicación geográfica de su propietario. De hecho, el gobierno de Tony Blair ha hecho de esta vigilancia uno de los principales sellos de su "política social", destinando millones de libras a la instalación de infraestructuras que permiten enarbolar este vasto sistema de espionaje civil.

Es precisamente en el Reino Unido donde tiene su centro de operaciones la red internacional Echelon, un sistema que controla casi el total de las comunicaciones que circulan por Internet. Los ordenadores de Echelon, alimentados por 120 satélites espía y operados por 55.000 agentes, interceptan un 90% del tráfico electrónico y leen 3.000 millones de mensajes al día. El mecanismo es muy sencillo: cuentan con un dispositivo preparado para saltar cuando detecta ciertas palabras clave que, a juicio de quienes crearon esta red, pueden implicar una amenaza terrorista. Así, cualquier correo electrónico es susceptible de caer en sus manos aunque, ni que decir tiene, la inmensa mayoría acaban por resultar falsas alarmas.

El sistema Echelon es, pues, un colador por el que pasan los mensajes electrónicos de casi todo el planeta. Un entramado digno de la más retorcida película de ciencia-ficción que, sin embargo, es del todo real y, aún es más, realiza sus tareas al amparo de las instituciones gubernamentales del Reino Unido. Una agencia llamada GCHQ (Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno), con sede en Cheltenham, es el organismo que se dedica a espiar oficialmente mediante la red Echelon, en la que también participan EEUU, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, y cuya legitimidad está siendo investigada por Bruselas.

Aunque los ciudadanos británicos son, a la luz de las pruebas, los más vigilados, lo cierto es que los moradores del resto de países del área occidental no estamos mucho más a salvo que ellos. Además de las cámaras de vigilancia en las calles y del rastreo de nuestras comunicaciones, bien sean electrónicas o telefónicas, todos nosotros estamos expuestos a ser blanco del comercio de datos personales, un negocio que mueve enormes cantidades de dinero. La televisión digital, Internet y ciertas compañías especializadas en esta área proporcionan información sobre los gustos de sus usuarios a empresas comerciales, alimentando así un acervo informativo sobre cada uno de nosotros y creando unos perfiles de potenciales consumidores que luego las empresas pagan a precio de oro. Un gran negocio del que nosotros somos el objetivo y del que difícilmente podemos desmarcarnos. Mientras, el acta para la Protección de Datos no pasa de ser el germen de una ley que todavía se encuentra en fase de gestación y que vendrá a ofrecer algún tipo de protección a los ciudadanos en materia de comunicaciones y derecho a la privacidad.

Estas son las principales maneras en que nos vemos sometidos a una estrecha vigilancia por parte de entes oficiales y privados, a la atenta mirada de un big brother que nos es desconocido pero que, sin embargo, nos conoce demasiado. La vigilancia por medio de cámaras no es más que la punta del iceberg, la cara visible de una trama de la que seguramente no conocemos ni la más mínima parte. Y lo más grave es que, si bien estas actividades de observación de la ciudadanía solían llevarse a cabo con cierto secretismo y altas dosis de discreción, el actual estado de las cosas nos ha conducido al espionaje realizado de forma descubierta y sin pudor alguno. Tenemos tan asumido el hecho de ser vigilados y el recorte de derechos civiles sufrido últimamente que el gobierno y las empresas comerciales no tienen que esconderse para poner en práctica semejantes mecanismos de intromisión en nuestras vidas. ¿Qué será lo próximo? ¿Microchips en nuestras cabezas, tal vez? No hay adónde escapar cuando ya todo es una prisión.

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