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La idea de vivir bajo la atenta mirada de un
"gran hermano" se ha materializado, en los últimos tiempos,
en la existencia de videocámaras que nos observan desde cada
rincón de nuestras ciudades. Pero el rastreo a que estamos
sometidos va mucho más allá. La realidad tiene una cara menos
visible y todavía más mezquina: la acumulación de datos sobre
cada uno de nosotros, la lectura y escucha indiscriminada
de nuestras comunicaciones privadas e incluso la posibilidad
de localizarnos en cualquier lugar a través del teléfono móvil.
El caso del Reino Unido es el más cercano a
la exageración, con una red de vigilancia mediante cámaras
que hace que cada uno de sus habitantes aparezca unas 300
veces diarias en filmaciones, bien públicas o privadas. El
estado de este país, junto con varias compañías privadas,
está haciendo de los británicos las personas más vigiladas
del mundo, hasta el punto de que los teléfonos móviles que
utilizan, incluso estando desconectados, pueden delatar la
ubicación geográfica de su propietario. De hecho, el gobierno
de Tony Blair ha hecho de esta vigilancia uno de los principales
sellos de su "política social", destinando millones de libras
a la instalación de infraestructuras que permiten enarbolar
este vasto sistema de espionaje civil.
Es precisamente en el Reino Unido donde tiene
su centro de operaciones la red internacional Echelon,
un sistema que controla casi el total de las comunicaciones
que circulan por Internet. Los ordenadores de Echelon,
alimentados por 120 satélites espía y operados por 55.000
agentes, interceptan un 90% del tráfico electrónico y leen
3.000 millones de mensajes al día. El mecanismo es muy sencillo:
cuentan con un dispositivo preparado para saltar cuando detecta
ciertas palabras clave que, a juicio de quienes crearon esta
red, pueden implicar una amenaza terrorista. Así, cualquier
correo electrónico es susceptible de caer en sus manos aunque,
ni que decir tiene, la inmensa mayoría acaban por resultar
falsas alarmas.
El sistema Echelon es, pues, un colador
por el que pasan los mensajes electrónicos de casi todo el
planeta. Un entramado digno de la más retorcida película de
ciencia-ficción que, sin embargo, es del todo real y, aún
es más, realiza sus tareas al amparo de las instituciones
gubernamentales del Reino Unido. Una agencia llamada GCHQ
(Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno), con sede
en Cheltenham, es el organismo que se dedica a espiar oficialmente
mediante la red Echelon, en la que también participan
EEUU, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, y cuya legitimidad
está siendo investigada por Bruselas.
Aunque los ciudadanos británicos son, a la luz
de las pruebas, los más vigilados, lo cierto es que los moradores
del resto de países del área occidental no estamos mucho más
a salvo que ellos. Además de las cámaras de vigilancia en
las calles y del rastreo de nuestras comunicaciones, bien
sean electrónicas o telefónicas, todos nosotros estamos expuestos
a ser blanco del comercio de datos personales, un negocio
que mueve enormes cantidades de dinero. La televisión digital,
Internet y ciertas compañías especializadas en esta área proporcionan
información sobre los gustos de sus usuarios a empresas comerciales,
alimentando así un acervo informativo sobre cada uno de nosotros
y creando unos perfiles de potenciales consumidores que luego
las empresas pagan a precio de oro. Un gran negocio del que
nosotros somos el objetivo y del que difícilmente podemos
desmarcarnos. Mientras, el acta para la Protección de Datos
no pasa de ser el germen de una ley que todavía se encuentra
en fase de gestación y que vendrá a ofrecer algún tipo de
protección a los ciudadanos en materia de comunicaciones y
derecho a la privacidad.
Estas son las principales maneras en que nos
vemos sometidos a una estrecha vigilancia por parte de entes
oficiales y privados, a la atenta mirada de un big brother
que nos es desconocido pero que, sin embargo, nos conoce demasiado.
La vigilancia por medio de cámaras no es más que la punta
del iceberg, la cara visible de una trama de la que seguramente
no conocemos ni la más mínima parte. Y lo más grave es que,
si bien estas actividades de observación de la ciudadanía
solían llevarse a cabo con cierto secretismo y altas dosis
de discreción, el actual estado de las cosas nos ha conducido
al espionaje realizado de forma descubierta y sin pudor alguno.
Tenemos tan asumido el hecho de ser vigilados y el recorte
de derechos civiles sufrido últimamente que el gobierno y
las empresas comerciales no tienen que esconderse para poner
en práctica semejantes mecanismos de intromisión en nuestras
vidas. ¿Qué será lo próximo? ¿Microchips en nuestras cabezas,
tal vez? No hay adónde escapar cuando ya todo es una prisión.
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