Número 6  //  Octubre 2002
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La Cumbre o La Tierra

Una nueva reunión de altos mandatarios ha venido a amenizar nuestras sobremesas, aportándonos temas de actualidad que quedan de lo más lucidos en cualquier conversación. Palabras y más palabras se vierten entorno a una de las cuestiones más fundamentales de nuestros tiempos: ¿hacia dónde va el mundo? De todos es sabido que el ritmo actual de producción y comercialización está provocando graves desequilibrios entre el primer y el tercer mundo así como consecuencias nefastas sobre el estado de salud del planeta. Nosotros, que nada podemos hacer para virar de rumbo, hablamos animadamente sobre estos y otros problemas. Pero, ¿qué hacen quienes sí pueden dar el giro de timón?

La cumbre de la Tierra, una reunión organizada por las Naciones Unidas en Johannesburgo, viene a ser un ejemplo más de cómo las palabras y los buenos propósitos tienden a ocupar el lugar de las iniciativas. Charlas tras las cuales no llegan las soluciones y, que si bien sirven para poner de manifiesto determinadas situaciones y denunciarlas públicamente, no logran remedio alguno a los males que asolan el planeta. Presidentes, economistas y dirigentes varios de entidades y asociaciones diversas hablan de la pobreza mundial, la necesidad de encontrar soluciones no agresivas para el ecosistema y la urgencia de aplicar nuevos métodos comerciales en las zonas más castigadas del globo. ¿Y luego? Ellos vuelven a sus casas, nosotros apagamos el televisor y la realidad se desdibuja. Pero los problemas siguen existiendo allí donde la miseria y las dificultades son algo más que palabrería.

Las fuentes de energía y el acceso al agua potable han sido dos de los temas tratados en la cumbre de la Tierra, cuyo telón de fondo ha sido en todo momento la propuesta del desarrollo sostenible. Los propósitos mencionados se refieren al uso de energías renovables que hagan más posible la coexistencia del desarrollo industrial con el respeto al medio ambiente, y a lograr reducir a la mitad los 2.000 millones de personas que actualmente no tienen agua potable, para lo cual haría falta una renovación de las infraestructuras sanitarias en varios puntos del planeta. En ambos casos, la postura de EEUU ha sido contraria a asumir compromisos concretos y ningún otro país ha planteado planes de acción inmediatos, de manera que las buenas intenciones del desarrollo sostenible y el acceso al agua han acabado por quedar en el aire, entre las sonrisas de los asistentes al acto y los aplausos ilusionados de quienes tal vez creyeron en la posibilidad de cambiar el mundo.

El encuentro de Johannesburgo también ha puesto de manifiesto la importancia de la agricultura para los países menos favorecidos, cuyas economías dependen mayoritariamente de esta actividad, y cómo las reglas del comercio internacional suponen un obstáculo para su desarrollo. Actualmente, los países ricos practican políticas proteccionistas en el sector agrícola, incrementando las subvenciones a sus agricultores y poniendo barreras comerciales para la entrada de productos extranjeros en su territorio. Esta postura hipócrita, de países que se llenan la boca hablando del libre comercio y luego se cierran en banda en aquel sector en que el tercer mundo podría verse favorecido, impidiendo una circulación real de las mercancías, perjudica directamente a las economías más débiles del planeta. Un ejemplo más de cómo las buenas voluntades no llegan a materializarse, principalmente, por una simple cuestión de falta de interés.

En definitiva, palabras y más palabras que volarán al primer golpe de viento, viajarán por el aire en forma de promesas y quién sabe si un día han de volver a nosotros para estallarnos en la cara como un reproche. Una vez más, toda esa verborrea quedará en la misma milonga a la que se pueden acabar reduciendo todas las reuniones que tocan la problemática Norte-Sur. Y así, ni la cumbre ni la Tierra: sólo palabrería que se convierte en la triste cantinela de una sobremesa, en boca de cualquier moderno defensor de la justicia y los derechos de la humanidad. Y la realidad, siempre más rápida que los discursos, devora minuto a minuto a quienes ésta y otras cumbres internacionales hicieron ver que podrían salvar.

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