Número 6  //  Octubre 2002
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Argentina: Los hijos de la generación
de los 70 recogen el testigo de la lucha

En 1983 en las imponentes manifestaciones contra la agonizante dictadura argentina uno de los cantos-consignas mas coreados decía: "milicos hijos de puta / qué es lo que han hecho con los desaparecidos / la deuda externa, la corrupción / son la peor mierda que ha parido la nación / qué pasó con las Malvinas / que esos chicos ya no están / no tenemos que olvidarnos / y por eso hay que luchar..."/ Los millones de personas que participaron de aquel formidable movimiento tenían un profundo convencimiento de que estaban luchando para cambiar su país y convertirlo en una sociedad vivible. El NUNCA MÁS pronunciado por Emilio Strassera, fiscal del juicio a las Juntas Militares resumía bastante bien aquel sentimiento contra la dictadura y todas sus bestialidades.

Diecinueve años después la sociedad argentina atraviesa la peor crisis desde su existencia como nación, y aquel nunca más se ha transformado en un desgarrador QUE SE VAYAN TODOS... Dos décadas después, y tras muchos sacrificios impuestos a la clase trabajadora con la excusa de sacar el país adelante e insertarlo en el primer mundo, la inmensa mayoría de la población siente que la Argentina se ha convertido en un infierno del que muchos tratan de escapar y los que se quedan no tienen más remedio que sufrir hasta vencer las causas que lo provocaron. Todos hemos visto por televisión conmovedoras imágenes y documentales sobre la situación argentina capaces de calar en la conciencia mas insensible. Pero poco o nada se explica de cómo se ha llegado a esta situación. Una situación que todavía promete ir a peor. Los datos económicos son tantos y tan escandalosos que a la hora de explicar la situación argentina se corre el peligro de tejer un laberinto de cifras que al final dificulten la comprensión del proceso social en el corto espacio que se dispone en un artículo. Pero la cruel paradoja argentina es que mientras al día de hoy sigue produciendo 70 millones de toneladas de grano, suficiente para alimentar a todo América Latina, la mitad de la población está por debajo de la línea de pobreza y 7 de cada 10 niños pasan un hambre severa, de la que muchos no saldrán con vida.

El 19 de diciembre del año pasado estalló la situación tomando por sorpresa al gobierno y a toda la mal llamada clase política. Como tantas veces en la historia, la situación reventaba con causas más que justificadas pero sin una dirección que hubiese preparado los pasos de una lucha que era inevitable librar. Más bien todo lo contrario. Los dirigentes políticos y sindicales que entonces (y aún hoy) controlan las organizaciones mayoritarias de la clase trabajadora se comportaban como si la posibilidad de un estallido fuese la mas remota. Más de tres años de brutal retroceso económico habían preparado las bases para la nueva situación. La falta de cauce para las luchas reivindicativas en el interior de las organizaciones sindicales de los trabajadores que iban quedando en el paro en todo el país fueron dando lugar a nuevas organizaciones al margen de ellas a las que no se les prestaba ni atención ni ayuda. La insensibilidad de la mayor parte de la dirección del movimiento obrero fue el mayor combustible para el surgimiento de los piqueteros, verdaderos protagonistas en esta fase de las luchas del movimiento obrero argentino. Verdadera amalgama de dirigentes y obreros expulsados de los centros de trabajo, militantes sociales, jóvenes, con diferentes formaciones ideológicas, pero todos conscientes de que las cosas no pueden seguir así, han dado lugar a este movimiento que en poco tiempo se ha hecho conocido en todo el mundo, no sin haber pagado ya un alto precio en represión y muertes.

NO ES UNA CRISIS MÁS

Lo que hoy se desarrolla en la Argentina no es una crisis más de esas que a fuerza de informativos en la televisión nos hacen ver como algo "normal" en estos países mal gobernados. Toda la sociedad está inmersa en un proceso en el que debate sus causas y sus salidas. Pero este no es un debate académico, es un debate a vida o muerte en el que cada día hay víctimas del hambre, de la violencia estatal o paraestatal, o de la violencia sin más que surge como reacción en sectores pobres que ante el dolor físico y psíquico que causa el hambre no se detienen en consideraciones morales.

En la Argentina dicen que se ha puesto de "moda" el secuestro exprés, tipo de secuestro rápido en el que el rescate puede ser unos pocos pesos y donde no pocas veces el secuestrado puede perder la vida. Todo el mundo sabe que la mayor organización del crimen anida entre los policías y parapoliciales, pero el gobierno lejos de abordar soluciones de fondo, con investigaciones y depuraciones del cuerpo, con juicios rápidos y condenas, avanza por soluciones mas represivas aún donde el principal objetivo serán los ladronzuelos de poca monta. Claro que la miseria con su consecuente delincuencia ha convertido las calles en un lugar muy inseguro. Los robos y los asaltos han crecido a la par que los índices de pobreza. Pero este tipo de delincuencia ha sido detonada por la verdadera delincuencia y latrocinio ejercidos con total monopolio desde el poder. No deja de ser un lamentable reflejo de la situación que cualquier cosa susceptible de ser reducida y canjeada por unos pesos sea objeto de robo. Los porteros eléctricos de los edificios, los semáforos, los tiradores de las puertas, las placas de los cementerios... todo puede servir para evitar el hambre de un día. Pero la solución a esto nunca será la construcción de más cárceles y el endurecimiento de las leyes. Eso sólo traerá más violencia. La solución sólo puede venir de la mano de la apertura de más fábricas y el combate a muerte contra la pobreza. Pero en este terreno hace años que todos los gobernantes vienen fracasando en la Argentina.

No se puede entrar en la descripción de todos detalles cotidianos de cómo la crisis ha destruido la que un día fue la sociedad más avanzada de América Latina, eso sólo puede tratarse en un trabajo más amplio. Pero lo poco que podemos enunciar aquí es suficiente para darse buena cuenta del proceso de descomposición social creciente. Hace pocos días charlando con una amiga argentina nos parecía estar viviendo una pesadilla imposible de suceder. Y sin embargo nos relataba cosas de la vida cotidiana que harían saltar las alarmas de cualquier sociedad. "En los barrios hoy es más fácil encontrar una pistola que un pollo" nos decía haciendo honor al corrosivo humor argentino. Y uno no sabía si bromeaba o no. Pero cuando lees en los recientes estudios hechos entre la población de la provincia de Buenos Aires que en sólo un mes la cantidad de personas que dice estar dispuesta a comprarse un arma para defenderse subió del 32 por ciento al 45 por ciento. Cuando además seis de cada diez ciudadanos piensa que hay policías en ciertas bandas implicadas en asesinatos. Y que el 80 por ciento asegura no sentirse protegido por la policía bonaerense, esto no puede leerse más que de una manera. La mecha está encendida y sólo es cuestión de tiempo. Además, este clima espoleado por las ideologías más reaccionarias ha provocado que la inmensa mayoría de esta provincia, que es muy representativa del país, esté a favor de la pena de muerte. En el mes de julio el 54 por ciento de los entrevistados decía que la principal razón de la inseguridad es el aumento de la pobreza, pero en agosto la corrupción policial pasó a ocupar ese primer lugar. Estos cambios tan rápidos en el estado de opinión de las masas no son secundarios y reflejan un avance o diferentes ángulos en la percepción de la causa de los problemas.

Claro que en el fondo de todo el problema está la desigualdad que causa el sistema capitalista. Eso lo sabe todo el mundo. Por supuesto que el papel del imperialismo sigue siendo nefasto y nos empuja a una mayor expropiación de las conquistas sociales. El nivel de extranjerización de la economía argentina se ve claramente en el dato de que de las 500 principales empresas del país 314 son extranjeras, y que ellas se apropiaron del 89 por ciento de las ganancias totales de ese grupo de élite. Con eso está dicho todo. Pero el problema no se puede enfocar de una manera simplista. Lo primero que hay que reconocer es que todos los partidos y grupos políticos que plantean una salida hacia el socialismo o al menos a un capitalismo mas "eficiente" y "humanitario", si es que se puede hablar de eso, han fracasado hasta ahora en construir una alternativa política organizada con capacidad para dar la batalla en serio. El estallido de diciembre vino a despertarlos a todos. El mismo Luis Zamora, un abogado muy conocido por su defensa de casos de desaparecidos y líder histórico del Movimiento Al Socialismo (MAS) desde su formación a la salida de la dictadura, había quedado reducido a un pequeño grupo que tuvo dificultades para formar candidatura para las elecciones de octubre del año pasado. Hoy la escasez de auténticos líderes del movimiento obrero han vuelto a dar una oportunidad a este político cuyo principal mérito no fue otro que el haber sido una persona honrada, que cuando dejó de ser diputado volvió a ganarse la vida con su trabajo y que todo el mundo lo veía viajando en subte (metro) mientras la mayoría de los políticos se enriquecía sin asco. Hoy Zamora es un referente sobre todo de sectores radicalizados de la clase media, aunque hay trabajadores que muestran simpatía por él.

El gran problema es que el retraso de los dirigentes políticos en relación a la velocidad de la crisis aumenta la dificultad de las tareas. La desesperación del hambre no ayuda a la reflexión y quienes tienen esta responsabilidad todavía no logran unificar posturas en torno a un programa. Hay elecciones para marzo del 2003 y aún no se vislumbra una propuesta opositora con serias posibilidades de ganar eso sin entrar en el problema del programa de gobierno.

Dos de cada tres argentinos no creen en ningún dirigente aunque siete de cada diez estarían dispuestos a cambios drásticos, pero el apoyo de esos siete se divide entre candidatos tan dispares como Zamora, Carrió, Menem o Rodríguez Saa. Esta falta de credibilidad de los políticos está totalmente justificada pero su contracara es que hace muy difícil organizar alternativas. Todo indica que el proceso va a ser largo y complejo. La batalla por una sociedad nueva en Argentina se enfrenta a enemigos experimentados en la represión de movimientos sociales, a un Estado dominado por las mafias y a un proceso de descomposición social muy acelerado que obliga literalmente a una lucha por el día a día. Las clases medias están arruinadas y venden sus electrodomésticos para hacer frente a los gastos. La clase obrera no tiene nada que vender. Es una situación que no se parece en nada a lo vivido antes por nadie. Como siempre en situaciones límite aparecen los profetas de derecha e izquierda con soluciones mágicas y recetas que prometen salvar el país.

La clase trabajadora y los sectores empobrecidos están obligados a generar una propuesta política que sea capaz de organizar y arrastrar a las mayorías con algo más que una consigna como el que se vayan todos. Esa consigna es un comienzo y no malo para resolver las cosas. Pero la esencia de esta crisis es que ante lo viejo que muere lo nuevo tarda en aparecer. Y en el mientras tanto están sucediendo todo tipo de atrocidades.

Al lado de Argentina aparecen las crisis de Brasil, Urugay, Perú, y todo el continente se mueve hacia una gran crisis de dimensiones históricas. La probable victoria de Lula en Brasil con el Partido de los Trabajadores son un elemento que influirían, en cualquier caso, en el proceso latinoamericano.

Hay muchas lecciones para extraer del caso argentino para el movimiento obrero en otros países. Debatir y ayudar al éxito de la lucha en Argentina es contribuir a nuestra propia lucha. Venimos de un período lleno de dificultades para el desarrollo de las ideas socialistas en todo el mundo. Pero el fracaso y el horror del capitalismo en estos países debe llevarnos a algo mas que a un sentimiento de pena para con aquellos trabajadores y pueblos. Hace poco más de un año en Argentina pocos pensaban que hoy estarían vendiendo sus neveras para comer, o sus casas para emigrar. En la vida bajo el capitalismo cuando te crees lo que tus explotadores te cuentan tarde o temprano lo pagas. Pero lo que ha distinguido y distingue a los trabajadores y el pueblo argentino es que una vez que toman el camino de la lucha lo llevan hasta las últimas consecuencias. De eso nadie puede dudar. Los hijos de la combativa generación de los 70 está recogiendo el testigo de la lucha. Todos miramos a la Argentina con preocupación y buenos deseos. Pero eso no es suficiente. Que cada socialista, que cada joven consciente de que aquí tampoco tiene futuro, tome la decisión de colaborar del mejor modo a la lucha por el socialismo en Argentina.

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